jueves, 24 de mayo de 2012

Carta de Carlos Morales a Javier Semprún, desde Jerusalén



Javier Semprún





¿Dónde está El Togray, Javier, el nuevo Prometeo de los musulmanes, de los judíos, de los cristianos, el hombre capaz de agarrar a Dios de la solapa y de hacer frente al fuego de su ira?



17 de marzo de 2004.




En estos momentos de aflicción y de zozobra en que me ha dejado la dantesca matanza de Madrid,* se levantan frente a mí con sus tambores tensos las páginas de «El último sueño de Al’Ándalus», la novela que tú mismo pusiste entre mis manos cuando el siglo acababa, al modo de una premonición que cruzara la noche con el chasquido de sun látigo sombrío. Me pregunto si acaso no fue un espejismo la imagen que tú y yo teníamos grabada del Islam como la  fresca umbría de un cerezo en flor bajo la que podía ser posible, algún día, que crecieran los jardines de la coexistencia entre los hombres y las civilizaciones. 
Naim Araidy
Como crecer el amor.
Como crece el placer.
Como crece la dicha.

La sombra alargada de El-Togray**, de aquel caudillo conquense que procuró para sus súbditos de la Santavería un territorio limpio de la torva grey del integrismo, emerge ahora en todo su esplendor de las páginas que dejaste colgadas en la mesita de noche, al lado de las gafas, el audífono y los cigarros ¿Habrá ahora alguien, en algún lugar de los desiertos sagrados, capaz de poner coto y grilletes a los sacerdotes de Dios? ¿Está dispuesto el Islam a apagar el fuego devastador que creció en su seno, a destruir el vasto muro que poco a poco levantaron sus imanes?¿Hasta cuándo podemos esperar que paren ese fiero animal de las lapidaciones, de las bombas lapa en el vientre de los niños? ¿Hasta cuándo?

Nathán Yonathán
Te recuerdo en Galilea. Te recuerdo sacudiéndote los ojos del asombro mientras caminábamos juntos entre los arrayanes de Meghar y escuchábamos el rumor del agua entre las rosas que horadaba con su mansedumbre aquel desierto bajo las estrellas y la noche, con un vaso de té en la mano. Te parecía imposible que El Togray, que tú mismo rescataste de los muertos, se multiplicara por aquellas alfombras extendidas bajos los olivos con la espada olvidada bajo las rocas y un poema de amor colgando de su turbante. ¿Pues quién sino El Togray, o Naim Araidy, era capaz de abrazar a un judío y de ofrecerle los cómodos cojines de su casa? Las cosas han cambiado, Javier, y no hay literatura –ni siquiera la tuya– que restaure de nuevo la cordura. Nathán Yonatán, aquel Togray judío que abrazó al padre palestino en el mismo cementerio en que sus hijos descansaban para siempre, murió en el mismo día, casi a la misma hora, en que un puñado de fanáticos colgaban de los trenes de Madrid un crisantemo rojo. Me lo dijo Margalit Matitiahu, con esa voz suya crecida a la sombra fresquísima de una sedería ¡Curiosa coincidencia!. Cada vez son menos, Javier. Sólo Naim resiste con sus cantos, pero su voz ya sólo es un bucle melancólico que recorre las escasas catacumbas donde el odio –todavía– no ha plantado sus jacintos.
Margalit Matitiahu

Hoy he vuelto a leer las últimas páginas –hermosísimas– de tu novela, acaso para enjuagar con ellas mi derrota personal. No está lejos el día en que los periódicos nos traigan noticias del hado tenebroso, pues los pueblos casi nunca supieron honrar a los mejores, y porque, como dice Nathán, para los valerosos, sólo “quedará una piedra al final de su camino”. ¿Dónde está El Togray, Javier, el nuevo Prometeo de los musulmanes, de los judíos, de los cristianos, el hombre capaz de agarrar a Dios de la solapa y de hacer frente al fuego de su ira? Pero paso las páginas que tú nos entregaste, y sólo veo a una mujer llorando por el hombre que le entregan ya sin vida, el hombre que tembló al escuchar el rumor de su túnica al costado, el hombre que tembló al advertir el sonido de sus limpias sandalias de mujer acercándose en la noche. Y me pregunto si nada quedó de él, nada que no sea esa recua caliente de palabras que tú supiste pastorear, nada sino un sueño, el último sueño de este Al'Ándalus doliente y perturbado en que ha quedado convertida nuestra civilización....
Un gran abrazo, Javier, para el Togray y para ti...


 


Carlos





* La carta fue escrita días después del atentado del 11 de marzo de 2004, en el que murieron 192 personas.
** El Togray es el apodo del guerrero musulmán protagonista de la novela de Javier Semprún, que logró aplastar a los santones musulmanes que propugnaban un islamismo radical en la política y las costumbres y hacer del reino moro de la Santavería un territorio donde era posible la coexistencia de todas las religiones del monteismo.














      
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