viernes, 16 de abril de 2010

Carta de Dido a Eneas, por Isabel Barceló





Cartago está en sombras y dentro de unas horas partirán tus naves. Mi alma está en sombras también. Adiós, Eneas. Ojala no te hubiera conocido nunca ni mis labios hubieran bebido el veneno de los tuyos. Me has arrebatado la luz al mismo tiempo que el amor, o es que amor y luz eran la misma cosa. No lo sé. ¡Ay, ya no sé nada!  ¿A dónde habrán ido a parar todas mis certezas? 
Creí consolar a un perdido, acoger en mi seno a un sediento de amor y paz. Me soñé madre tuya y esposa tuya, hermana, amiga, amada, me di a ti sin reservas con todas las infinitas clases de amor de las que soy capaz. Sorda fui a las advertencias. Y generosa hasta extremos que no había alcanzado nunca. Tu boca buscaba mis pezones como un recién nacido ávido de amor y yo, confiada, te los ofrecía. Ay, qué fuego incendiaba mi cuerpo, cómo ardían mis entrañas deseosas de ti, enloquecidas por el anhelo de poseerte. Mi corazón gritaba: ¡adiós, Pasado! ¡No vengas aún, Futuro! ¡Vete, Razón, y no regreses nunca! Y vosotros, Pudor, Responsabilidad, Prudencia, no me importunéis ahora, alejaos de mí. Arranqué de mi alma todas las virtudes que hasta entonces habían sido mías y las sacrifiqué ante ti. Tan engañada estaba que me creí rica en amor y digna de envidia.




 Ahora todo es noche. Noche negra y sombría como tu corazón, que por fin conozco. Para transitar por él he necesitado de la oscuridad, como quien se halla a plena luz del día y al entrar en su casa ha de moverse a tientas hasta que sus ojos aprenden a ver en la penumbra. Me estremezco al pensar que esa casa que visitaba alegre y deslumbrada, ha resultado ser la guarida de un monstruo. Sí, por fin he visto los tenebrosos túneles en los que se retuerce tu corazón, he experimentado el vértigo al borde de sus simas. ¡Qué gran maestro del engaño has sido! El griego Odiseo, a quien tanto odias y me hiciste odiar, debió aprender de ti sus argucias. Pero tú eres mil veces más infame, pues no has obrado así para acabar una guerra sino, fingiendo amor por mí, asegurarte un descanso más agradable y ameno. ¡Ah, cuánto dolor me causas y cuán grande es tu indiferencia! Con ella hurgas en mi herida y la colmas de sal. Dime, hombre: a ti, ¿qué te conmueve? Si el dejar a una mujer indefensa ante sus enemigos no te inmuta; si después de compartir mi lecho no te importa abandonarme a un matrimonio odioso; si, sabiendo cuánto te amo, no tienes reparo en alejarte y permitir que sea víctima de la lascivia de otro, ¿habrá algo en el mundo capaz de hacerte sentir piedad o un poco de pesadumbre?

¡Vete! ¡Vete! Pero ¿qué digo? Ya te has ido. Miro por todas partes y no estás. No hay rastro tuyo en Cartago. Sólo en mi propio corazón te encuentro. Pero ¡ay! mi corazón ya no será refugio para ti ni para nadie. Ha quedado reducido a una pulpa ardiente, una masa informe de dolor, un lugar inhóspito e inhabitable. Rendido y sin fuerzas, apenas alcanza a latir. Para mí has muerto, Eneas. Ya no existes. ¡Vete, sombra! Yo también me iré, viuda inconsolable, a donde no pueda alcanzarme un nuevo marido. Sí, esa será mi eterna pena y tu culpa eterna: sabrán las generaciones venideras que por tu causa pereció la reina Dido. 


A la izquierda, Sarah Connolli en el papel de Dido.
 ***
De algún modo, la carta que nos deja la mano serenísima de Isabel Barceló, culmina y cierra la historia de Dido, la reina de Cartago, cuyas páginas novelescas la han convertido ya en una autora de culto. La mano que teje los hilos del blog de las Mujeres de Roma, uno de los más coherentes y brillantes de la red, ha dado la vuelta al mito que, en su Eneida, sirvió a Virgilio para contemplar de cerca la fundación de Roma. Dido ya no es la mujer perversa que utiliza su poderío sexual y todas las añagazas tenidas desde antiguo como propias de la hembriedad para evitar la fundación de Roma que el Destino estaba empeñada en consumar, sino una mujer embaucada por las arterías de un hombre inteligente y ajeno a cuanto no fueran sus propios intereses personales. Isabel Barceló ha redimido así a una de las protagonistas legendarias de nuestra historia de los tintes oscuros y malévolos con que los creadores de los mitos antiguos –desde Eva a Helena de Troya- habían dibujado la naturaleza femenina. Algo muy parecido a lo que el Bidgwaltige Borockoper intentó en su día al construir su extraordinario montaje de la historia de esta reina a través de la gran ópera de Henry Pourcel, algunas de cuyas imágenes recogemos aquí.






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